***El nombre de la lunA***


Una vez, hace mucho tiempo y muy lejos de aquí. Había un niño llamado Jax y él se enamoró de la luna.
—Jax era un niño extraño. Un niño reflexivo. Un niño solitario. El vivía en una vieja casa al final de un camino roto. —Todos los que vieron a Jax podían decir que había algo diferente en él. No jugaba. No corría de un lado a otro para meterse en problemas. Y él nunca reía.
Algunos decían: “¿Qué se puede esperar de un niño que vive solo en una casa rota al final de un camino roto?” Algunos dijeron que el problema era que él nunca había tenido padres. Algunos decían que había una gota de sangre de hadas en él y que eso mantenía a su corazón lejos de  cualquier alegría conocida.
Era un niño sin suerte. Eso no se puede negar. Cuando tenía una camisa nueva, le hacia un agujero. Si le dabas un caramelo, lo dejaba caer en el camino.
Algunos dijeron que el niño había nacido bajo una mala estrella, que estaba maldito, que tenía un demonio cabalgando a su sombra. Otros simplemente se sentían mal por él, pero no lo suficiente como para preocuparse en ayudar.
Un día, un calderero llegó por el camino hacia la casa de Jax. Esto fue una sorpresa, porque el camino estaba roto, por eso nadie lo utilizaba.
— ¡Hola, muchacho! —El calderero gritó, apoyándose en su bastón— ¿Le puedes dar a este anciano un trago?
Jax sacó un poco de agua en una taza de barro agrietada. El calderero bebió y miró al chico. —No te ves feliz, hijo. ¿Qué te pasa?
—Nada es lo que pasa, —dijo Jax—. Me parece que una persona necesita algo para ser feliz y yo no tengo tal cosa.
Jax dijo esto en un tono tan lacónico y resignado que le rompió el corazón al calderero. —Apuesto a que tengo algo en mis paquetes que te hará feliz, —le dijo al muchacho—. ¿Qué dices a eso?
—Diría que si tú me haces feliz, ciertamente voy a estar agradecido, —dijo Jax—. Pero yo no tengo dinero para gastar, ni un penique para pedir prestado, mendigar o prestar.
—Bueno, eso es un problema, —dijo el calderero—. Hago negocios, como veras.
—Si usted puede encontrar algo en sus paquetes que me haga feliz, —dijo Jax—. Yo le daré mi casa. Está vieja y rota, pero es algo que vale la pena.
El calderero miró la inmensa y vieja casa, sólo a un paso de distancia de ser una mansión. —Sí que lo es, —dijo.
Entonces Jax miró al calderero, serio, con su carita. —Y si usted no puede hacerme feliz, ¿entonces qué? ¿Me dará los paquetes que lleva en su espalda, el bastón en su mano y el sombrero de su cabeza?
Ahora, al calderero le gustaba apostar y el reconocía una buena apuesta cuando escuchaba una. Además, sus paquetes estaban repletos con tesoros de todos los Cuatro Rincones y el confiaba en que podía impresionar a un chiquillo. Así que estuvo de acuerdo y los dos se estrecharon la mano.
En primer lugar el calderero sacó una bolsa de canicas de todos los colores de la luz del sol. Pero no hicieron feliz a Jax. El calderero sacó un emboque. Pero eso no hizo feliz a Jax.

El calderero abrió su primer paquete. Estaba lleno de cosas ordinarias que hubieran complacido a un chico ordinario: dados, títeres, una navaja plegable, una pelota de goma. Pero nada hizo feliz a Jax.
Así que el calderero continuo con su segundo paquete. Contenía las cosas más raras. Un soldado mecánico que marchaba si le herías. Un reluciente estuche de pinturas, con cuatro diferentes pinceles. Un libro de los secretos. Un pedazo de hierro que cayó del cielo….
Esto continuó durante todo el día y hasta bien entrada la noche, y finalmente, el calderero empezó a preocuparse. Él no estaba preocupado en perder su bastón. Pero sus paquetes eran cómo él se ganaba la vida y estaba bastante encariñado con su sombrero.
Con el tiempo, se dio cuenta de que iba a tener que abrir su tercer paquete. Era pequeño, y sólo habían tres objetos en el. Pero eran cosas que sólo mostraba a sus clientes más ricos. Cada uno valía mucho más que una casa rota. Pero aún así, pensó, es mejor perder uno que perderlo todo y además su sombrero.
Justo cuando el calderero iba a sacar su tercer paquete, Jax señaló. — ¿Qué es eso?
—Esas son gafas binoculares, —dijo el calderero—. Son un segundo par de ojos que ayudan a una persona a ver mejor. Él las recogió y las colocó sobre el rostro de Jax.
Jax miró a su alrededor. —Las cosas se ven iguales, —dijo. Luego alzó la vista—. ¿Qué son aquellas?
—Aquellas son estrellas, —dijo el calderero.
—Nunca las había visto antes. —Se volvió, todavía mirando hacia arriba. Entonces se detuvo inmóvil—. ¿Qué es eso?
—Esa es la luna, —dijo el calderero.
—Creo que eso me haría feliz, —dijo Jax.
—Bueno, allí tienes, —dijo el calderero, aliviado—. Tienes tus gafas….
—El sólo mirarla no me hace feliz, —dijo Jax—. No más que mirar mi cena me hace sentirme lleno. La quiero. La quiero tener para mí.
—Yo no puedo darte la luna, —dijo el calderero—. Ella no me pertenece. Ella se pertenece sólo a sí misma.
—Sólo la luna me hará feliz, —dijo Jax.
—Bueno, yo no puedo ayudarte con eso, —dijo el calderero con un profundo suspiro—. Mis paquetes y todo lo que hay en ellos son tuyos.
Jax asintió, sin sonreír.
—Y aquí está mi bastón. Bien resistente que es, además.
Jax lo tomó en sus manos.
— ¿No creo, —dijo el calderero de mala gana—, que te importe dejarme con mi sombrero? Estoy bastante encariñado con el….
—Es mío por derecho, —dijo Jax—. Si estabas encariñado con él, no debiste jugártelo.
El calderero frunció el ceño cuando le entregó su sombrero.

Así que Jax se acomodó el sombrero en la cabeza, tomó el bastón en la mano y recogió los paquetes del calderero. Cuando encontró el tercer paquete, aún sin abrir, le preguntó: — ¿Qué hay aquí?
—Algo para que te ahogues, —escupió el calderero.
—No hay necesidad de ponerse irascible por un sombrero, —dijo el muchacho—. Tengo más necesidad de él que tú. Tengo un largo camino por recorrer si voy a encontrar a la luna y hacerla mía.
—Sin embargo, por dejarme con mi sombrero, pudiste haber tenido mi ayuda para atraparla”, —dijo el calderero.
—Te dejaré con la casa rota, —dijo Jax—. Eso es algo. Aunque dependerá de usted arreglarla.
Jax se puso las gafas en el rostro y comenzó a caminar por el camino en dirección a la luna. Caminó toda la noche, sólo se detuvo cuando la luna desapareció de la vista detrás de las montañas.
Así que Jax caminó día tras día, en una búsqueda sin fin…



Jax no tuvo ningún problema en seguir a la luna porque en esos días la luna estaba siempre llena. Colgaba en el cielo, redonda como una copa, brillante como una vela, toda inmutable.
Jax caminó durante días y días hasta que sus pies le dolieron. Caminó durante meses y meses y su espalda se cansaba bajo los paquetes. Caminó durante años y años y creció alto y delgado, agotado y hambriento.
Cuando necesitaba comida, intercambiaba los paquetes del calderero. Cuando sus zapatos se desgastaban el hacía lo mismo. Jax se hizo su propio camino, y creció inteligente y astuto.

A pesar de todo, Jax pensaba en la luna. Cuando comenzaba a creer que no podía dar un paso más, se colocaba las gafas binoculares y la buscaba, un vientre redondo en el cielo. Y cuando la veía, sentía un lento revuelo en el pecho. Y con el tiempo llegó a pensar que estaba enamorado.

Eventualmente, el camino que Jax siguió pasaba por Tinuë, así como todos los demás caminos. Sin embargo caminó, siguiendo el gran camino de piedra, hacia el este, en dirección a las montañas. El camino subía y subía. Se comió lo último que le quedaba de pan y lo último de su queso. Bebió lo último que le quedaba de agua y lo último de su vino. Caminó durante días sin nada de eso, con la luna haciéndose cada vez más grande en el cielo nocturno encima de él.
Justo cuando su fuerza estaba desfalleciendo, Jax escaló una colina y se encontró a un anciano sentado en la entrada de una cueva. Tenía una larga barba gris y una túnica larga del mismo color. No tenía cabello en su cabeza o zapatos en sus pies. Sus ojos estaban abiertos y su boca estaba cerrada.
Su cara se iluminó cuando vio a Jax. Él se puso de pie y sonrió. —Hola, hola, —dijo, con su voz clara y enriquecida—. Estás muy lejos de cualquier lugar. ¿Cómo está el camino hacia Tinuë?
—Largo, —dijo Jax—. Duro y pesado.
El anciano invitó a Jax a sentarse. Él le llevó agua, leche de cabra y frutas para comer. Jax comió con avidez, luego le ofreció al hombre un par de zapatos de sus paquetes a cambio.
—No hay necesidad, no hay necesidad, —dijo felizmente el anciano, moviendo los dedos de sus pies—. Pero gracias por ofrecérmelos de todos modos.
Jax se encogió de hombros. —Como quieras. Pero, ¿qué estás haciendo aquí, tan lejos de todo?
—Encontré esta cueva cuando salí a perseguir al viento, —dijo el anciano—. Decidí quedarme porque este lugar es perfecto para lo que hago.
— ¿Y eso qué es? — preguntó Jax.
—Soy un escuchador, —dijo el anciano—. Escucho las cosas para ver qué es lo que tienen que decir.
—Ah, —dijo Jax con cuidado—. ¿Y este es un buen lugar para eso?
—Bastante bueno. Excelente, —dijo el anciano—. Tienes que estar muy lejos de la gente antes de poder aprender a escuchar debidamente. —Sonrió—. ¿Qué te trae por mi pequeño rincón del cielo?
—Estoy tratando de encontrar la luna.
—Eso es bastante fácil, —dijo el anciano, señalando el cielo—. La vemos casi todas las noches, si el tiempo lo permite.
—No. Estoy tratando de atraparla. Si pudiera estar con ella, creo que podría ser feliz.
—El anciano lo miró seriamente. —Quieres atraparla, ¿verdad? ¿Cuánto tiempo has estado persiguiéndola?
—Más años y kilómetros de los que pueda contar.
El anciano cerró los ojos por un momento y luego asintió para sí mismo. —Lo puedo escuchar en tu voz. Esto no es un capricho pasajero. —El anciano se inclinó para acercarse y presionó su oído en el pecho de Jax. Cerró los ojos por otro buen rato y se quedó muy quieto—. Oh, —dijo dulcemente—. Qué triste. Tu corazón está roto y ni siquiera has tenido la oportunidad de usarlo nunca.
Jax se movió alrededor, un poco incómodo. —Si no te importa que te lo pregunte, —dijo Jax—, ¿Cuál es tu nombre?
—No me importa que preguntes, —dijo el anciano—. Siempre y cuando no te importe que no te lo diga. Si tuvieras mi nombre, estaría bajo tu poder, ¿no es así?
— ¿Lo estarías? —preguntó Jax.
—Por supuesto. —El anciano frunció el ceño—. Así son las cosas. Aunque no pareces saber mucho sobre escuchar, es mejor ser cuidadoso. Si te las arreglases para atrapar aunque sea sólo un pedazo de mi nombre, tendrías todo tipo de poder sobre mí.
Jax se preguntó si este hombre podría ser capaz de ayudarle. Si bien el anciano no parecía ser muy ordinario, Jax sabía que no estaba en ninguna misión ordinaria. Si hubiera estado tratando de atrapar a una vaca, le pediría ayuda a un granjero. Sin embargo, para atrapar a la luna, quizás necesitase la ayuda de un singular anciano.
Usted dijo que solía perseguir al viento, —dijo Jax—. ¿Alguna vez lo atrapó?
—En cierto modo sí, —dijo el anciano—. Y en otro, no. Hay muchas maneras de interpretar  esa pregunta, como verás.
— ¿Podría ayudarme a atrapar la luna?
—Podría ser capaz de darte algún consejo, —dijo el viejo de mala gana—. Pero primero debes de pensar bien esto, chico. Cuando amas algo, tienes que asegurarte de que te corresponda, o tendrás un sinfín de problemas en atraparlo.
— ¿Cómo puedo descubrir si ella me ama? —Jax preguntó.
—Podrías tratar de escuchar, —dijo el anciano, casi con timidez—. Funciona de maravilla, sabes. Yo podría enseñarte cómo.
— ¿Cuánto tiempo llevará?
—Un par de años, —dijo el anciano—. Más o menos. Eso depende de si tienes una habilidad para esto. Es difícil, escuchar apropiadamente. Pero una vez que la tienes, conocerás la luna hasta las plantas de sus pies.
Jax negó con la cabeza. —Demasiado tiempo. Si puedo atraparla, puedo hablar con ella. Puedo hacer—
—Bueno, eso es justo parte de tu problema, —dijo el anciano—. Tú realmente no quieres atraparla. No en realidad. ¿Vas a perseguirla por el cielo? Por supuesto que no. Quieres conocerla. Esto significa que necesitas que la luna venga hacia ti.
— ¿Cómo puedo hacer eso? —dijo.
El anciano sonrió. —Bueno, esa es la pregunta, ¿no? ¿Qué tienes tú que la luna pueda desear? ¿Qué tienes tú para ofrecerle a la luna?
— Sólo lo que tengo en estos paquetes.
—Eso no es lo que quise decir, —murmuró el anciano—. Pero también podríamos echar un vistazo a lo que has traído.
El viejo ermitaño registro el primer paquete y encontró muchas cosas prácticas. Los contenidos del segundo paquete eran más caros y raros, pero no más útiles.
Entonces el anciano vio el tercer paquete. — ¿Y qué tienes ahí?”
—Nunca he sido capaz de abrirlo, —dijo Jax—. El nudo es demasiado para mí.
El ermitaño cerró los ojos por un momento, escuchando. Entonces abrió los ojos y le frunció el ceño a Jax. —El nudo dice que tú lo desgarraste. Lo pinchaste con un cuchillo. Lo mordiste con tus dientes”.
Jax se sorprendió. —Lo hice, —admitió—. Ya te dije, he intentado todo para abrirlo.
—Casi todo, —dijo el ermitaño con desprecio. Levantó el paquete hasta que la cuerda de nudos se encontró frente a su rostro—. Lo siento mucho, —dijo—. Pero, ¿te abrirías? —Hizo una pausa—. Sí. Me disculpo. El no lo volverá a hacer. —El nudo se desenredo y el ermitaño abrió el paquete. Mirando el interior, sus ojos se ensancharon y dejó escapar un silbido.
Pero cuando el anciano extendió el paquete abierto en el suelo, los hombros de Jax se dejaron caer pesadamente. Él había estado esperando dinero o joyas, algún tesoro que pudiera dar a la luna como regalo. Pero todo lo que el paquete contenía era un trozo doblado de madera, una flauta de piedra y una pequeña caja de hierro.
De éstos, sólo la flauta llamó la atención de Jax. Estaba hecha de una piedra de color verde pálido. —Yo tuve una flauta cuando era más joven, —dijo Jax—. Pero se rompió y nunca pude arreglarla de nuevo.
—Todos estos son bastante impresionantes, —dijo el ermitaño.
—La flauta es bastante buena, —dijo Jax encogiendo sus hombros—. Pero ¿de qué sirve un trozo de madera y una caja demaciado pequeña para algo práctico?
El ermitaño negó con la cabeza. — ¿No puedes escucharlos? La mayoría de las cosas susurran. Pero estas gritan. —Señaló al trozo de madera torcido—. Esa es una casa plegable a menos que me equivoque. También es bastante buena.
— ¿Qué es una casa plegable?
— ¿Sabes cómo se puede doblar un pedazo de papel sobre sí mismo y cada vez se hace más pequeño? —El anciano señaló el trozo de madera torcido—. Una casa plegable es como eso. Excepto que es una casa, por supuesto.
Jax se apoderó del trozo de madera torcido y trató de enderezarlo. De repente estaba sosteniendo dos trozos de madera que parecían el comienzo del marco de una puerta.
— ¡No la despliegues aquí! —grito el anciano—. ¡No quiero una casa fuera de mi cueva, bloqueando la luz del sol!
Jax trató de juntar los dos trozos de madera de nuevo. — ¿Por qué no puedo volverla a doblar?
—Porque no sabes cómo hacerlo, supongo, —dijo el anciano con claridad—. Te sugiero que esperes hasta que sepas en donde deseas ponerla antes de desplegar el resto.
Con cuidado, Jax puso el trozo de madera en el suelo y cogió la flauta. — ¿Esta también es especial? —Se la puso en los labios y tocó un simple gorjeo así como un pajaro Lamento de Viuda.
A pesar de esto, una docena de chotacabras voló y aterrizó alrededor de Jax, mirándolo con curiosidad y parpadeando en la brillante luz del sol.
—Parece ser más que una flauta ordinaria, —dijo el anciano.
— ¿Y la caja? —Jax la alcanzó y la recogió. Era oscura y fría, y lo suficientemente pequeña que podía cerrar su mano alrededor de ella.
El anciano se estremeció y apartó la mirada de la caja. —Está vacía.
— ¿Cómo puedes saberlo sin ver el interior?
— Escuchando, —dijo—. Me asombra que no puedas escucharlo tú mismo. Es lo más vacío que he oído nunca. Hace eco. Está hecha  para mantener las cosas en su interior.
—Todas las cajas están hechas para mantener las cosas en su interior.
—Y todas las flautas están hechas para tocar música cautivadora, —señaló el anciano—. Sin embargo, esta flauta es más que eso. Lo mismo ocurre con esta caja.
Jax contempló la caja por un momento, luego la colocó con cuidado en el piso y comenzó a atar el tercer paquete con los tres tesoros en su interior. —Creo que voy a seguir mi camino, —dijo Jax.
— ¿Estás seguro de que no considerarías quedarte un mes o dos? —Dijo el anciano—. Podrías aprender a escuchar un poco más de cerca. Es algo útil, el escuchar.
—Me has dado algunas cosas en qué pensar, —dijo Jax—. Y creo que tienes razón, yo no debería estar persiguiendo a la luna. Debería hacer que la luna venga a mí.
—Eso no es lo que realmente dije, —murmuró el anciano. Pero lo hizo de una manera resignada. Como oyente experto que era, sabía que no estaba siendo escuchado.
Jax partió a la mañana siguiente, siguiendo a la luna más arriba en las montañas. Eventualmente, encontró un grande y llano pedazo de terreno ubicado arriba entre los picos más altos.
Jax sacó el trozo torcido de madera y poco a poco, comenzó a desplegar la casa. Con toda la noche por delante, tenía la esperanza de tenerla lista mucho antes de que la luna comenzara a alzarse.
Pero la casa era mucho más grande de lo que había imaginado, era más una mansión que una simple casa de campo. Es más, el despliegue de la casa fue más complicado de lo que había esperado. En el momento en que la luna llegó a la cima del cielo, él todavía estaba lejos de terminar.
Tal vez Jax se apresuró a causa de esto. Tal vez fue descuidado. O tal vez era sólo que Jax no tuvo suerte como siempre.
Al final, el resultado fue el mismo: la mansión era magnífica, enorme y en expansión. Sin embargo, no encajaba correctamente. Habían escaleras que conducían hacia los lados en lugar de arriba. Algunas habitaciones tenían muy pocas paredes o demasiadas. Muchas de las habitaciones no tenían techo y muy arriba mostraban un extraño cielo lleno de estrellas desconocidas.
Todo el lugar estaba un poco sesgado. En un cuarto podías ver por la ventana las flores de primavera, mientras que en el pasillo las ventanas estaban empañadas por el hielo del invierno. Podría ser la hora del desayuno en el salón de baile, mientras el crepúsculo llenaba el dormitorio de al lado.
Debido a que nada en la casa era exacto, ninguna de las puertas o ventanas ajustaban perfectamente. Estas podían estar cerradas, incluso con llave, pero nunca aseguradas. Y tan grande como era, la mansión tenía una gran cantidad de puertas y ventanas, así que había un gran número de maneras de entrar y salir.

Jax no hizo caso a nada de esto. En cambio, corrió a la cima de la torre más alta y puso la flauta en sus labios.
Tocó una dulce canción en el claro cielo nocturno. No un simple gorjeo, esta fue una canción que salía de su roto corazón. Era fuerte y triste. Se agitaba como un pájaro con el ala rota.
Escuchando esto, la luna bajo hacia la torre. Pálida, redonda y hermosa, se paró frente a Jax en toda su gloria y por primera vez en su vida, Jax sintió un único soplo de alegría.
Entonces hablaron, en la cima de la torre. Jax le contaba sobre su vida, de su apuesta y de su largo y solitario viaje. La luna escuchaba, reía y sonreía.
Pero, finalmente, ella miró con nostalgia hacia el cielo.
Jax sabía que quería decir eso. —Quédate conmigo, —suplicó—. Sólo puedo ser feliz si eres mía.
—Tengo que irme, —dijo—. El cielo es mi hogar.
—Hice una casa para ti, —dijo Jax, señalando a la vasta mansión debajo de ellos—. Aquí hay suficiente cielo para ti. Un cielo vacío que es todo para ti.
—Tengo que irme, —dijo—. He estado lejos demasiado tiempo.
Jax levantó su mano como si fuera a agarrarla, luego se detuvo. —Tiempo es lo que hacemos aquí, —dijo—. Tu dormitorio puede ser invierno o primavera, todo de acuerdo a tu deseo.
—Tengo que irme, —dijo ella, mirando hacia arriba—. Pero volveré. Yo estoy siempre e incambiable. Y si tocas tu flauta para mí, te visitaré de nuevo.
—Yo te he dado tres cosas, —dijo Jax—. Una canción, una casa y mi corazón. Si te tienes que ir, ¿no me darás tres cosas a cambio?
Ella se echó a reír, llevando las manos a sus costados. Estaba desnuda como la luna. — ¿Qué tengo yo que pueda dejarte? Pero si está en mí el concedértelo, pídemelo y yo te lo daré.
Jax tenía la boca seca. —En primer lugar, te pediría el roce de tu mano.
—Una mano roza la otra, y concedo tu petición. —Ella se acercó a él, su mano era suave y firme. Al principio, parecía algo fría, después maravillosamente cálida. A Jax le corrió la piel de gallina por sus brazos.
—En segundo lugar, te ruego un beso, —dijo.
—Una boca prueba la otra y concedo tu petición. —Ella se inclinó para acercarse a él. Su aliento era dulce, sus labios firmes como frutas. El beso le quitó el aliento a Jax y por primera vez en su vida, su boca se torció en el comienzo de una sonrisa.
— ¿Y cuál es la tercera cosa? —preguntó la luna. Sus ojos eran oscuros y sabios, su sonrisa era plena y maliciosa.
“Tu nombre, —sopló Jax—. Para que pueda llamarte por él.
—Un cuerpo… —la luna comenzó a decir, dando un paso hacia delante con entusiasmo. —Luego hizo una pausa—. ¿Sólo mi nombre? —preguntó, deslizando su mano alrededor de la cintura de Jax.
Jax asintió.
Ella se inclinó para acercarse y habló cálidamente contra su oído, —Ludis.
Jax sacó la caja de hierro negro, cerrando la tapa y atrapando su nombre en el interior.
—Ahora tengo tu nombre, —dijo con firmeza—. Así que tengo dominio sobre ti. Y digo que debes quedarte siempre conmigo, para que yo pueda ser feliz.
Y así fue. La caja ya no estaba fría en su mano. Estaba cálida y dentro Jax pudo sentir el nombre de ella, revoloteando como una polilla contra el cristal de una ventana.
Tal vez Jax había sido demasiado lento cerrando la caja. Tal vez se enredó con el cierre. O tal vez simplemente tenía mala suerte para todo. Pero al final sólo logró atrapar un pedazo del nombre de la luna y no este entero.
Así que Jax pudo quedársela por un rato, pero ella siempre se escabullía de él. Fuera de su rota mansión y de vuelta a nuestro mundo. Pero todavía, Jax tiene un pedazo de su nombre, y por eso ella siempre debe regresar.

Historia de Patrick Rothfuss en “El miedo de un hombre sabio”

4 comentarios to “***El nombre de la lunA***”

  1. simplemente.. exkisita el relato🙂 me encanto.. gracias tiene una enseñanza entre letras y sonidos .. solo hay k escuchar un poco mas.. buenas vibras¡¡🙂

  2. excelente historia y sobre todo muy apegada a la realidad la disfrute bastante esta mañana. me despejo muchas dudas ke aun desconocia–..—

  3. Una hermosísima historia. Me fascinó desde que la leí en “El temor de un hombre sabio”. Rhotfuss la hilvana con una deliciosa poesía y demuestra su habilidad para contar historias.

  4. Hoy me contaron esta historia alguien que quiero mucho y ahora entiendo por que lo hizo de echo fue un dejavu …
    Hay que saber escuchar… Pero es mejor ser cuidadoso

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