Archivos para Patrick Rothfuss

Cuan viejo el Acebo llegó a ser.

Posted in Sin categoría with tags , , on diciembre 1, 2013 by Emmanuel

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En un Principio, fue el bosque.

Era un bosque fuerte, y viejo. Y crecía al lado de un arroyo, cerca de una torre toda de piedra.

Había un tibio sol, eso era bueno. Había  enredaderas, eso era malo. Había viento, y eso no era ni bueno ni malo. Solamente  hacía que las hojas y las ramas se mecieran.

También había una dama, ella tampoco era ni buena ni mala. Ella venia de la torre. Cambio la tierra he hizo un jardín. Corto los otros árboles y los quemo en la torre.

Pero el árbol de Acebo ella no lo corto. El Acebo creció y expandió sus ramas en los espacios abiertos. Y eso fue bueno.

Paso el verano, que era cálido. Paso el invierno, que era frio. Había pájaros, que no eran ni cálidos ni fríos. Ellos construían nidos y a veces cantaban.

Ahí también estaba la dama. Ella tampoco era cálida ni fría. El Acebo, crecía a un lado del arroyo, sus ramas esparcían su tierna sombra.

La dama se sentaba debajo del Acebo leyendo libros.  Trepaba sobre el Acebo buscando nidos. Descasaba sobre el Acebo, durmiendo bajo su tierna sombra.

Estas cosas no eran ni buenas ni malas. Ninguna de ellas era tibia o fría. Simplemente eran.

Había el amanecer, que era luminoso.  Había el anochecer, que era oscuro. Había una luna, que era ambos, luz y oscuridad.

Había un hombre. Él era ambos. Venia de la torre. El y la dama se sentaban a un lado del Acebo Ambos cerca del Acebo. Ambos.

El hombre le hablo a la dama. El hombre enseño a la dama. El  hombre le canto a la dama.

El hombre dejo la torre. La dama dejo la torre. Ambos dejaron la torre. Ambos.

El jardín creció. El jardín quedo desatendido, cambio.  El jardín creció y cambio y entonces el jardín dejo de ser.

La torre no creció. La torre quedo desatendida, no cambio. La torre no cambio y permaneció.

El Acebo Creció. No cambio. Permaneció.

La dama regreso a la torre.

Corto una rama del Acebo para hacer una corona, lo cual fue malo. Ella corto las enredaderas y las quito de las ramas, lo cual fue bueno. Ella cambio la tierra he hizo un jardín, que no fue ni bueno ni malo.

Se sentó debajo de del Acebo leyendo libros y lloro. Se sentó bajo el Acebo en el sol y lloro. Se sentó bajo el Acebo en la lluvia y lloro. Se sentó bajo el Acebo y la luna y lloro.

Estas cosas no fueron ni buenas ni malas.

Se sentó bajo el Acebo y canto.

Se sentó bajo el Acebo y canto.

Se sentó bajo el Acebo y canto.

La dama se sentó bajo el Acebo, eso fue bueno. La dama lloro, eso fue  malo.

La dama canto, eso era bueno. La dama dejo la torre, eso era malo. La torre permaneció, eso no fue ni bueno ni malo.

El Acebo cambio, lo cual fue bueno y también malo.

El Acebo permaneció. Había un arroyo que era hermoso. Había viento que era hermoso. Había pájaros que también eran hermosos.

La dama vino a la torre, lo cual fue bueno. Ella cambio la tierra, lo cual fue bueno. La dama canto, lo cual fue hermoso. Crecieron tomates, y ella los comió, y eso fue bueno. La dama se sentó bajo el Acebo leyendo libros, lo cual fue hermoso y bueno.

Hubo sol y lluvia. Hubo día y noche. Hubo verano e invierno.

El Acebo crecía, y eso era bueno.  La dama se sentaba sobre sus nudosas raíces y pescaba. Y era bueno. La dama miraba las ardillas jugar entre sus hojas y reía, y eso también era bueno.

La dama se torció el pie con una piedra, y eso fue malo.  Ella se recargo contra su tronco y frunció el ceño, y eso también fue malo. La dama canto una canción para el Acebo. El Acebo escucho. El Acebo se dobló. La dama canto y una rama se convirtió en un bastón, y eso fue bueno.

Camino apoyándose en él, y eso fue bueno.

La dama trepo sobre sus ramas más altas, mirando dentro de los nidos, eso era bueno. La dama se pinchó las manos en sus espinas, lo cual fue malo. Ella chupo la perla brillante de su pulgar, y se deslizo, y grito, y cayó.

Y el Acebo se dobló.  Se dobló. El Acebo doblo sus ramas para poder atraparla.

Y la dama sonrió, eso sí que fue hermoso. Pero había sangre en sus manos, y eso era terrible. Pero la dama miro su sangre, y rio, y canto. Eran bayas brillantes como la sangre, y eso fue bueno.

La dama hablo al Acebo, fue algo bueno. La dama le dijo cosas al Acebo, También fue bueno. La dama canto y canto y canto para el Acebo. Lo cual fue maravilloso.

La dama tenía miedo, y eso era malo. Ella miro la corriente de agua. Miro en el cielo. Escucho al viento, y tenía miedo. Y eso era malo.

La dama se dio la vuelta hacia el Acebo. La dama descansó su mano en su tronco. La dama le hablo al Acebo. El Acebo se dobló, y fue algo bueno.

La dama tomo aliento y le canto una canción al Acebo. Ella cantó una canción y el Acebo se acurrucó profundamente en la tierra. Canto una canción a todo lo largo de la corriente y un nuevo brote de Acebo nació de la tierra. Ella  canto y en todo alrededor de la torre trepo un nuevo Acebo. Canto en la cima de la torre y ahí creció un nuevo brote de Acebo.

La dama canto y se volvieron uno. Alrededor de ambos ahí creció un nuevo Acebo. Un nuevo brote creció y se enredó en la torre. El nuevo Acebo creció y abrió su follaje hacia lo alto del cielo. Ella canto hasta que ninguna parte de la torre pudo verse, y eso fue bueno.

La dama se paró a un lado del viejo Acebo, sonriendo.  Miraron hacia su recién crecida arboleda, y fue buena.

El viejo Acebo parado a un lado del arroyo contemplo las colinas que tenía debajo. Se puso de pie junto a la orilla de su nuevo bosque y sintió la tierra debajo y supo que era bueno. Sintió el sol sobre sus hojas y sabía que era bueno.

El viento rozó contra él. El viento era malo. Se inclinó. Dobló las ramas en contra de laventana en la torre.

La dama se acercó a él. Ella miró hacia las colinas. Hubo un atisbo de humo en el cielo. A lo lejos, Habían formas que se movían a través de las colinas.

Había grandes lobos negros, con bocas de fuego. Había hombres que habían sido transformados a medias en pájaros. Eran ambos, y  malos.

Lo peor de todo había una sombra torcida que asemejaba a un hombre. El viejo Acebo sentía la tierra alrededor de este último crecer enferma, y tratando de alejarse.

La dama se paró detrás de su tronco. Tenía miedo. Se asomó hacia las colinas cercanas. Las formas se acercaban cada vez más, lo cual era malo.

El antiguo Acebo se inclinó. Se inclinó hacia la dama.

La dama lo miro. Miro a las colinas cercanas. Le puso la mano sobre su tronco, fue algo bueno. La dama pregunto. El acebo se dobló de nuevo.

La dama canto. Canto al Acabo. Le dijo cosas. Le dijo sus palabras. Ella lo dijo.

El viejo acebo se dobló y se convirtió en un hombre. Era ambos, y era bueno.

La dama canto, el nuevo Acebo se convirtió en una lanza, y esto fue bueno.

El viejo Acebo doblo sus ramas y tomo la lanza. El viejo Acebo estiró sus raíces y se dirigió a través de la arroyo. Golpeo a los lobos y los ensarto la tierra. Doblo sus ramas y saco otras lanzas. Lo mordieron, pero eso no fue nada para él. Apretó a los hombres-pájaro, los atrajo hacia él, y los desgarro.

Al final vino la cosa hecha de sombras, y fue malo. Cuando se movía por el suelo el sentía la tierra intentando arrastrase lejos. Se sintió enfermo y se apartó del contacto con la cosa hecha de sombras.

El viejo Acebo dobló las ramas otra vez, y trajo una lanza, su madera de color verde vivo. Su hoja tan brillante como la sangre de la baya. La condujo hacia la cosa hecha de sombras, Y lo ensarto hasta la tierra, y lo vio aullar y quemarse y morir, y fue bueno.

El viejo Acebo volvió a la torre,  y fue bueno. La dama le sonrió y le canto, y fue muy bueno. La dama miro sus heridas. Lloro y le canto, y él se dobló, y eso fue bueno.

La dama le dijo que se debía marchar, y eso fue malo. Dijo que regresaría, y eso fue bueno. Dij que sería peligroso, y el viejo Acebo estiro sus raíces dispuesto a cruzar el arroyo.

Ella negó con la cabeza. Le dijo que se quedara. Que se quedara ahí junto a la torre. Que la mantuviera segura hasta que ella regresara.

El viejo Acebo estiro sus raíces hasta que quedo junto a la torre. La dama entro, luego salió. Le dijo adiós.

El viejo Acebo se inclinó, y de una rama, hizo para ella un bastón de madera verde y húmeda.

El viejo Acebo se dobló, y de sus ramas, tejió una corona para ella, todas luminosas con bayas.

El viejo Acebo, convertido en hombre, le rozó la mejilla con su propia mano de corteza rugosa.

La dama lloro, y rio, y se fue. Y eso fue bueno y malo, ambas y ninguna, todo a la vez y algo más.

El Viejo Acebo permaneció. La torre permaneció. El viejo acebo permaneció junto a la torre. El viejo Acebo en todo alrededor de la torre.

El viejo Acebo permaneció, y eso fue bueno.

El verano se fue.

El invierno se fue.

El jardín se fue.

El viejo Acebo permaneció, y eso fue bueno.

Los huesos de los lobos se fueron.

Los techos de la torre se fueron.

Los cristales de las ventanas se fueron.

El viejo acebo permaneció, y eso fue bueno.

El arroyo se fue.

La torre se fue

El Viejo Acebo permaneció.

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Historia: Patrick Rothfuss

Traducción: Emmanuel Goyer.

Posted in mis dibujos with tags , , , , , on abril 29, 2012 by Emmanuel

 

***Kvothe***

Posted in Sin categoría with tags , , , , on enero 22, 2012 by Emmanuel

The three silence of the night

Posted in Sin categoría with tags , , , , , on noviembre 22, 2011 by Emmanuel

At an inn near the highway ruled a silence, a triple silence.
A silence more obvious was formed by the words that could have been said that night, for the inconclusive phrases that hung in the air throughout the entire day. If we would have swallowed our pride those moments would not have been ones of discomfort. If we would have left behind the damages, laughing and drinking, perhaps our union would have managed to fill that silence. If there would have been music, but no, of course there was no music, we did not allow any of this, due to that  pride so heavy that we have been building, and because of that, the silence continued.

In the room you chose to sleep, without saying a word, the sound of your breathing was heavy, it was the sound of the second silence.
A silence that emerged from the first silence, that made it stronger, more painful, deeper!
A endless string of words that could have been spoken, and that were lost beneath the moonless night.

The third silence was not easy to recognize, if you spent an hour listening then maybe you could begin to notice it.
It was a dense and dark silence. The silence belonged to a man that walked beneath the moonless sky leaving behind the woman he loves without will to fight for her.
He was in slow motion walking through the icy city, his thoughts were fuzzy from the alcohol, he was hidden behind his soul, and locked within his mind.

The mans eyes were black as night, lacking of shine like moonless sky, he moved with the subtle certainty of those who know much.

The darkness was his along with the third silence. That’s how it should be, for of all that was the greatest and involved the rest.
It was deep, and heavy. It was the sound of the void that echoed in his heart. The silence of a man who has left in freedom the woman he loves.

Based on the book “The name of the wind”

***Los tres silencios de la nochE***

Posted in Reflecciones y poemas with tags , , , , on noviembre 13, 2011 by Emmanuel


En una posada cerca de la carretera reinaba el
silencio, un silencio triple.

El silencio mas obvio estaba formado por las  palabras que pudieron haberse dicho esa noche, por las frases inconclusas que se quedaron en en el aire durante todo el dia. Si nos hubieramos tragado el orgullo, esos momentos no habrian sido incomodos. Si hubieramos dejado atras los perjuicios, riendo y bebiendo,Tal vez nuestra proximidad habria logrado llenar ese silencio. Si hubiera habido musica… pero no claro que no habia musica, de hecho no dejamos que sucediera nada de esto por ese  orgullo tan pesado que hemos ido construyendo, y por eso persistia el silencio.

En la habitacion, decidiste dormir sin decir una palabra, el sonido de tu respiracion cansada, era el sonido de el segundo silencio. un silencio que provenia del primer silencio y lo hacia mas fuerte mas doloroso, mas profundo. un sin fin de palabras que pudieron haberse dicho y que se perdieron bajo la noche sin luna.

El tercer silencio no era facil reconocerlo. si pasabas una hora escuchando tal vez empezarias a notarlo, era un silencio denso y sombrio, el silencio pertenecia al hombre que caminaba bajo el cielo sin luna dejando atras a la mujer que ama sin fuerzas para luchar por ella,  estaba en el lento caminar por la fria ciudad, estaba en los pensamientos difusos por el licor que habia bebido, estaba escondido detras de su alma y permanecia encerrado en su mente.

El hombre tenia los ojos negros como la noche y carecian de brillo como la luna que faltaba en el cielo. se movia con la sutil certeza de quienes saben muchas cosas.

La oscuridad era suya y tambien el tercer silencio, Asi debia ser, pues ese era el mayor de todos y envolvia a los otros dos. Era profundo y pesado. Era el sonido vacio que hacia eco en su corazon. El silencio de un hombre que ha dejado en libertad a la mujer que ama.

Basado en el libro de Patrick rothfuss “el nombre del viento”

***El nombre de la lunA***

Posted in literatura with tags , , , , , , , on noviembre 4, 2011 by Emmanuel


Una vez, hace mucho tiempo y muy lejos de aquí. Había un niño llamado Jax y él se enamoró de la luna.
—Jax era un niño extraño. Un niño reflexivo. Un niño solitario. El vivía en una vieja casa al final de un camino roto. —Todos los que vieron a Jax podían decir que había algo diferente en él. No jugaba. No corría de un lado a otro para meterse en problemas. Y él nunca reía.
Algunos decían: “¿Qué se puede esperar de un niño que vive solo en una casa rota al final de un camino roto?” Algunos dijeron que el problema era que él nunca había tenido padres. Algunos decían que había una gota de sangre de hadas en él y que eso mantenía a su corazón lejos de  cualquier alegría conocida.
Era un niño sin suerte. Eso no se puede negar. Cuando tenía una camisa nueva, le hacia un agujero. Si le dabas un caramelo, lo dejaba caer en el camino.
Algunos dijeron que el niño había nacido bajo una mala estrella, que estaba maldito, que tenía un demonio cabalgando a su sombra. Otros simplemente se sentían mal por él, pero no lo suficiente como para preocuparse en ayudar.
Un día, un calderero llegó por el camino hacia la casa de Jax. Esto fue una sorpresa, porque el camino estaba roto, por eso nadie lo utilizaba.
— ¡Hola, muchacho! —El calderero gritó, apoyándose en su bastón— ¿Le puedes dar a este anciano un trago?
Jax sacó un poco de agua en una taza de barro agrietada. El calderero bebió y miró al chico. —No te ves feliz, hijo. ¿Qué te pasa?
—Nada es lo que pasa, —dijo Jax—. Me parece que una persona necesita algo para ser feliz y yo no tengo tal cosa.
Jax dijo esto en un tono tan lacónico y resignado que le rompió el corazón al calderero. —Apuesto a que tengo algo en mis paquetes que te hará feliz, —le dijo al muchacho—. ¿Qué dices a eso?
—Diría que si tú me haces feliz, ciertamente voy a estar agradecido, —dijo Jax—. Pero yo no tengo dinero para gastar, ni un penique para pedir prestado, mendigar o prestar.
—Bueno, eso es un problema, —dijo el calderero—. Hago negocios, como veras.
—Si usted puede encontrar algo en sus paquetes que me haga feliz, —dijo Jax—. Yo le daré mi casa. Está vieja y rota, pero es algo que vale la pena.
El calderero miró la inmensa y vieja casa, sólo a un paso de distancia de ser una mansión. —Sí que lo es, —dijo.
Entonces Jax miró al calderero, serio, con su carita. —Y si usted no puede hacerme feliz, ¿entonces qué? ¿Me dará los paquetes que lleva en su espalda, el bastón en su mano y el sombrero de su cabeza?
Ahora, al calderero le gustaba apostar y el reconocía una buena apuesta cuando escuchaba una. Además, sus paquetes estaban repletos con tesoros de todos los Cuatro Rincones y el confiaba en que podía impresionar a un chiquillo. Así que estuvo de acuerdo y los dos se estrecharon la mano.
En primer lugar el calderero sacó una bolsa de canicas de todos los colores de la luz del sol. Pero no hicieron feliz a Jax. El calderero sacó un emboque. Pero eso no hizo feliz a Jax.

El calderero abrió su primer paquete. Estaba lleno de cosas ordinarias que hubieran complacido a un chico ordinario: dados, títeres, una navaja plegable, una pelota de goma. Pero nada hizo feliz a Jax.
Así que el calderero continuo con su segundo paquete. Contenía las cosas más raras. Un soldado mecánico que marchaba si le herías. Un reluciente estuche de pinturas, con cuatro diferentes pinceles. Un libro de los secretos. Un pedazo de hierro que cayó del cielo….
Esto continuó durante todo el día y hasta bien entrada la noche, y finalmente, el calderero empezó a preocuparse. Él no estaba preocupado en perder su bastón. Pero sus paquetes eran cómo él se ganaba la vida y estaba bastante encariñado con su sombrero.
Con el tiempo, se dio cuenta de que iba a tener que abrir su tercer paquete. Era pequeño, y sólo habían tres objetos en el. Pero eran cosas que sólo mostraba a sus clientes más ricos. Cada uno valía mucho más que una casa rota. Pero aún así, pensó, es mejor perder uno que perderlo todo y además su sombrero.
Justo cuando el calderero iba a sacar su tercer paquete, Jax señaló. — ¿Qué es eso?
—Esas son gafas binoculares, —dijo el calderero—. Son un segundo par de ojos que ayudan a una persona a ver mejor. Él las recogió y las colocó sobre el rostro de Jax.
Jax miró a su alrededor. —Las cosas se ven iguales, —dijo. Luego alzó la vista—. ¿Qué son aquellas?
—Aquellas son estrellas, —dijo el calderero.
—Nunca las había visto antes. —Se volvió, todavía mirando hacia arriba. Entonces se detuvo inmóvil—. ¿Qué es eso?
—Esa es la luna, —dijo el calderero.
—Creo que eso me haría feliz, —dijo Jax.
—Bueno, allí tienes, —dijo el calderero, aliviado—. Tienes tus gafas….
—El sólo mirarla no me hace feliz, —dijo Jax—. No más que mirar mi cena me hace sentirme lleno. La quiero. La quiero tener para mí.
—Yo no puedo darte la luna, —dijo el calderero—. Ella no me pertenece. Ella se pertenece sólo a sí misma.
—Sólo la luna me hará feliz, —dijo Jax.
—Bueno, yo no puedo ayudarte con eso, —dijo el calderero con un profundo suspiro—. Mis paquetes y todo lo que hay en ellos son tuyos.
Jax asintió, sin sonreír.
—Y aquí está mi bastón. Bien resistente que es, además.
Jax lo tomó en sus manos.
— ¿No creo, —dijo el calderero de mala gana—, que te importe dejarme con mi sombrero? Estoy bastante encariñado con el….
—Es mío por derecho, —dijo Jax—. Si estabas encariñado con él, no debiste jugártelo.
El calderero frunció el ceño cuando le entregó su sombrero.

Así que Jax se acomodó el sombrero en la cabeza, tomó el bastón en la mano y recogió los paquetes del calderero. Cuando encontró el tercer paquete, aún sin abrir, le preguntó: — ¿Qué hay aquí?
—Algo para que te ahogues, —escupió el calderero.
—No hay necesidad de ponerse irascible por un sombrero, —dijo el muchacho—. Tengo más necesidad de él que tú. Tengo un largo camino por recorrer si voy a encontrar a la luna y hacerla mía.
—Sin embargo, por dejarme con mi sombrero, pudiste haber tenido mi ayuda para atraparla”, —dijo el calderero.
—Te dejaré con la casa rota, —dijo Jax—. Eso es algo. Aunque dependerá de usted arreglarla.
Jax se puso las gafas en el rostro y comenzó a caminar por el camino en dirección a la luna. Caminó toda la noche, sólo se detuvo cuando la luna desapareció de la vista detrás de las montañas.
Así que Jax caminó día tras día, en una búsqueda sin fin…



Jax no tuvo ningún problema en seguir a la luna porque en esos días la luna estaba siempre llena. Colgaba en el cielo, redonda como una copa, brillante como una vela, toda inmutable.
Jax caminó durante días y días hasta que sus pies le dolieron. Caminó durante meses y meses y su espalda se cansaba bajo los paquetes. Caminó durante años y años y creció alto y delgado, agotado y hambriento.
Cuando necesitaba comida, intercambiaba los paquetes del calderero. Cuando sus zapatos se desgastaban el hacía lo mismo. Jax se hizo su propio camino, y creció inteligente y astuto.

A pesar de todo, Jax pensaba en la luna. Cuando comenzaba a creer que no podía dar un paso más, se colocaba las gafas binoculares y la buscaba, un vientre redondo en el cielo. Y cuando la veía, sentía un lento revuelo en el pecho. Y con el tiempo llegó a pensar que estaba enamorado.

Eventualmente, el camino que Jax siguió pasaba por Tinuë, así como todos los demás caminos. Sin embargo caminó, siguiendo el gran camino de piedra, hacia el este, en dirección a las montañas. El camino subía y subía. Se comió lo último que le quedaba de pan y lo último de su queso. Bebió lo último que le quedaba de agua y lo último de su vino. Caminó durante días sin nada de eso, con la luna haciéndose cada vez más grande en el cielo nocturno encima de él.
Justo cuando su fuerza estaba desfalleciendo, Jax escaló una colina y se encontró a un anciano sentado en la entrada de una cueva. Tenía una larga barba gris y una túnica larga del mismo color. No tenía cabello en su cabeza o zapatos en sus pies. Sus ojos estaban abiertos y su boca estaba cerrada.
Su cara se iluminó cuando vio a Jax. Él se puso de pie y sonrió. —Hola, hola, —dijo, con su voz clara y enriquecida—. Estás muy lejos de cualquier lugar. ¿Cómo está el camino hacia Tinuë?
—Largo, —dijo Jax—. Duro y pesado.
El anciano invitó a Jax a sentarse. Él le llevó agua, leche de cabra y frutas para comer. Jax comió con avidez, luego le ofreció al hombre un par de zapatos de sus paquetes a cambio.
—No hay necesidad, no hay necesidad, —dijo felizmente el anciano, moviendo los dedos de sus pies—. Pero gracias por ofrecérmelos de todos modos.
Jax se encogió de hombros. —Como quieras. Pero, ¿qué estás haciendo aquí, tan lejos de todo?
—Encontré esta cueva cuando salí a perseguir al viento, —dijo el anciano—. Decidí quedarme porque este lugar es perfecto para lo que hago.
— ¿Y eso qué es? — preguntó Jax.
—Soy un escuchador, —dijo el anciano—. Escucho las cosas para ver qué es lo que tienen que decir.
—Ah, —dijo Jax con cuidado—. ¿Y este es un buen lugar para eso?
—Bastante bueno. Excelente, —dijo el anciano—. Tienes que estar muy lejos de la gente antes de poder aprender a escuchar debidamente. —Sonrió—. ¿Qué te trae por mi pequeño rincón del cielo?
—Estoy tratando de encontrar la luna.
—Eso es bastante fácil, —dijo el anciano, señalando el cielo—. La vemos casi todas las noches, si el tiempo lo permite.
—No. Estoy tratando de atraparla. Si pudiera estar con ella, creo que podría ser feliz.
—El anciano lo miró seriamente. —Quieres atraparla, ¿verdad? ¿Cuánto tiempo has estado persiguiéndola?
—Más años y kilómetros de los que pueda contar.
El anciano cerró los ojos por un momento y luego asintió para sí mismo. —Lo puedo escuchar en tu voz. Esto no es un capricho pasajero. —El anciano se inclinó para acercarse y presionó su oído en el pecho de Jax. Cerró los ojos por otro buen rato y se quedó muy quieto—. Oh, —dijo dulcemente—. Qué triste. Tu corazón está roto y ni siquiera has tenido la oportunidad de usarlo nunca.
Jax se movió alrededor, un poco incómodo. —Si no te importa que te lo pregunte, —dijo Jax—, ¿Cuál es tu nombre?
—No me importa que preguntes, —dijo el anciano—. Siempre y cuando no te importe que no te lo diga. Si tuvieras mi nombre, estaría bajo tu poder, ¿no es así?
— ¿Lo estarías? —preguntó Jax.
—Por supuesto. —El anciano frunció el ceño—. Así son las cosas. Aunque no pareces saber mucho sobre escuchar, es mejor ser cuidadoso. Si te las arreglases para atrapar aunque sea sólo un pedazo de mi nombre, tendrías todo tipo de poder sobre mí.
Jax se preguntó si este hombre podría ser capaz de ayudarle. Si bien el anciano no parecía ser muy ordinario, Jax sabía que no estaba en ninguna misión ordinaria. Si hubiera estado tratando de atrapar a una vaca, le pediría ayuda a un granjero. Sin embargo, para atrapar a la luna, quizás necesitase la ayuda de un singular anciano.
Usted dijo que solía perseguir al viento, —dijo Jax—. ¿Alguna vez lo atrapó?
—En cierto modo sí, —dijo el anciano—. Y en otro, no. Hay muchas maneras de interpretar  esa pregunta, como verás.
— ¿Podría ayudarme a atrapar la luna?
—Podría ser capaz de darte algún consejo, —dijo el viejo de mala gana—. Pero primero debes de pensar bien esto, chico. Cuando amas algo, tienes que asegurarte de que te corresponda, o tendrás un sinfín de problemas en atraparlo.
— ¿Cómo puedo descubrir si ella me ama? —Jax preguntó.
—Podrías tratar de escuchar, —dijo el anciano, casi con timidez—. Funciona de maravilla, sabes. Yo podría enseñarte cómo.
— ¿Cuánto tiempo llevará?
—Un par de años, —dijo el anciano—. Más o menos. Eso depende de si tienes una habilidad para esto. Es difícil, escuchar apropiadamente. Pero una vez que la tienes, conocerás la luna hasta las plantas de sus pies.
Jax negó con la cabeza. —Demasiado tiempo. Si puedo atraparla, puedo hablar con ella. Puedo hacer—
—Bueno, eso es justo parte de tu problema, —dijo el anciano—. Tú realmente no quieres atraparla. No en realidad. ¿Vas a perseguirla por el cielo? Por supuesto que no. Quieres conocerla. Esto significa que necesitas que la luna venga hacia ti.
— ¿Cómo puedo hacer eso? —dijo.
El anciano sonrió. —Bueno, esa es la pregunta, ¿no? ¿Qué tienes tú que la luna pueda desear? ¿Qué tienes tú para ofrecerle a la luna?
— Sólo lo que tengo en estos paquetes.
—Eso no es lo que quise decir, —murmuró el anciano—. Pero también podríamos echar un vistazo a lo que has traído.
El viejo ermitaño registro el primer paquete y encontró muchas cosas prácticas. Los contenidos del segundo paquete eran más caros y raros, pero no más útiles.
Entonces el anciano vio el tercer paquete. — ¿Y qué tienes ahí?”
—Nunca he sido capaz de abrirlo, —dijo Jax—. El nudo es demasiado para mí.
El ermitaño cerró los ojos por un momento, escuchando. Entonces abrió los ojos y le frunció el ceño a Jax. —El nudo dice que tú lo desgarraste. Lo pinchaste con un cuchillo. Lo mordiste con tus dientes”.
Jax se sorprendió. —Lo hice, —admitió—. Ya te dije, he intentado todo para abrirlo.
—Casi todo, —dijo el ermitaño con desprecio. Levantó el paquete hasta que la cuerda de nudos se encontró frente a su rostro—. Lo siento mucho, —dijo—. Pero, ¿te abrirías? —Hizo una pausa—. Sí. Me disculpo. El no lo volverá a hacer. —El nudo se desenredo y el ermitaño abrió el paquete. Mirando el interior, sus ojos se ensancharon y dejó escapar un silbido.
Pero cuando el anciano extendió el paquete abierto en el suelo, los hombros de Jax se dejaron caer pesadamente. Él había estado esperando dinero o joyas, algún tesoro que pudiera dar a la luna como regalo. Pero todo lo que el paquete contenía era un trozo doblado de madera, una flauta de piedra y una pequeña caja de hierro.
De éstos, sólo la flauta llamó la atención de Jax. Estaba hecha de una piedra de color verde pálido. —Yo tuve una flauta cuando era más joven, —dijo Jax—. Pero se rompió y nunca pude arreglarla de nuevo.
—Todos estos son bastante impresionantes, —dijo el ermitaño.
—La flauta es bastante buena, —dijo Jax encogiendo sus hombros—. Pero ¿de qué sirve un trozo de madera y una caja demaciado pequeña para algo práctico?
El ermitaño negó con la cabeza. — ¿No puedes escucharlos? La mayoría de las cosas susurran. Pero estas gritan. —Señaló al trozo de madera torcido—. Esa es una casa plegable a menos que me equivoque. También es bastante buena.
— ¿Qué es una casa plegable?
— ¿Sabes cómo se puede doblar un pedazo de papel sobre sí mismo y cada vez se hace más pequeño? —El anciano señaló el trozo de madera torcido—. Una casa plegable es como eso. Excepto que es una casa, por supuesto.
Jax se apoderó del trozo de madera torcido y trató de enderezarlo. De repente estaba sosteniendo dos trozos de madera que parecían el comienzo del marco de una puerta.
— ¡No la despliegues aquí! —grito el anciano—. ¡No quiero una casa fuera de mi cueva, bloqueando la luz del sol!
Jax trató de juntar los dos trozos de madera de nuevo. — ¿Por qué no puedo volverla a doblar?
—Porque no sabes cómo hacerlo, supongo, —dijo el anciano con claridad—. Te sugiero que esperes hasta que sepas en donde deseas ponerla antes de desplegar el resto.
Con cuidado, Jax puso el trozo de madera en el suelo y cogió la flauta. — ¿Esta también es especial? —Se la puso en los labios y tocó un simple gorjeo así como un pajaro Lamento de Viuda.
A pesar de esto, una docena de chotacabras voló y aterrizó alrededor de Jax, mirándolo con curiosidad y parpadeando en la brillante luz del sol.
—Parece ser más que una flauta ordinaria, —dijo el anciano.
— ¿Y la caja? —Jax la alcanzó y la recogió. Era oscura y fría, y lo suficientemente pequeña que podía cerrar su mano alrededor de ella.
El anciano se estremeció y apartó la mirada de la caja. —Está vacía.
— ¿Cómo puedes saberlo sin ver el interior?
— Escuchando, —dijo—. Me asombra que no puedas escucharlo tú mismo. Es lo más vacío que he oído nunca. Hace eco. Está hecha  para mantener las cosas en su interior.
—Todas las cajas están hechas para mantener las cosas en su interior.
—Y todas las flautas están hechas para tocar música cautivadora, —señaló el anciano—. Sin embargo, esta flauta es más que eso. Lo mismo ocurre con esta caja.
Jax contempló la caja por un momento, luego la colocó con cuidado en el piso y comenzó a atar el tercer paquete con los tres tesoros en su interior. —Creo que voy a seguir mi camino, —dijo Jax.
— ¿Estás seguro de que no considerarías quedarte un mes o dos? —Dijo el anciano—. Podrías aprender a escuchar un poco más de cerca. Es algo útil, el escuchar.
—Me has dado algunas cosas en qué pensar, —dijo Jax—. Y creo que tienes razón, yo no debería estar persiguiendo a la luna. Debería hacer que la luna venga a mí.
—Eso no es lo que realmente dije, —murmuró el anciano. Pero lo hizo de una manera resignada. Como oyente experto que era, sabía que no estaba siendo escuchado.
Jax partió a la mañana siguiente, siguiendo a la luna más arriba en las montañas. Eventualmente, encontró un grande y llano pedazo de terreno ubicado arriba entre los picos más altos.
Jax sacó el trozo torcido de madera y poco a poco, comenzó a desplegar la casa. Con toda la noche por delante, tenía la esperanza de tenerla lista mucho antes de que la luna comenzara a alzarse.
Pero la casa era mucho más grande de lo que había imaginado, era más una mansión que una simple casa de campo. Es más, el despliegue de la casa fue más complicado de lo que había esperado. En el momento en que la luna llegó a la cima del cielo, él todavía estaba lejos de terminar.
Tal vez Jax se apresuró a causa de esto. Tal vez fue descuidado. O tal vez era sólo que Jax no tuvo suerte como siempre.
Al final, el resultado fue el mismo: la mansión era magnífica, enorme y en expansión. Sin embargo, no encajaba correctamente. Habían escaleras que conducían hacia los lados en lugar de arriba. Algunas habitaciones tenían muy pocas paredes o demasiadas. Muchas de las habitaciones no tenían techo y muy arriba mostraban un extraño cielo lleno de estrellas desconocidas.
Todo el lugar estaba un poco sesgado. En un cuarto podías ver por la ventana las flores de primavera, mientras que en el pasillo las ventanas estaban empañadas por el hielo del invierno. Podría ser la hora del desayuno en el salón de baile, mientras el crepúsculo llenaba el dormitorio de al lado.
Debido a que nada en la casa era exacto, ninguna de las puertas o ventanas ajustaban perfectamente. Estas podían estar cerradas, incluso con llave, pero nunca aseguradas. Y tan grande como era, la mansión tenía una gran cantidad de puertas y ventanas, así que había un gran número de maneras de entrar y salir.

Jax no hizo caso a nada de esto. En cambio, corrió a la cima de la torre más alta y puso la flauta en sus labios.
Tocó una dulce canción en el claro cielo nocturno. No un simple gorjeo, esta fue una canción que salía de su roto corazón. Era fuerte y triste. Se agitaba como un pájaro con el ala rota.
Escuchando esto, la luna bajo hacia la torre. Pálida, redonda y hermosa, se paró frente a Jax en toda su gloria y por primera vez en su vida, Jax sintió un único soplo de alegría.
Entonces hablaron, en la cima de la torre. Jax le contaba sobre su vida, de su apuesta y de su largo y solitario viaje. La luna escuchaba, reía y sonreía.
Pero, finalmente, ella miró con nostalgia hacia el cielo.
Jax sabía que quería decir eso. —Quédate conmigo, —suplicó—. Sólo puedo ser feliz si eres mía.
—Tengo que irme, —dijo—. El cielo es mi hogar.
—Hice una casa para ti, —dijo Jax, señalando a la vasta mansión debajo de ellos—. Aquí hay suficiente cielo para ti. Un cielo vacío que es todo para ti.
—Tengo que irme, —dijo—. He estado lejos demasiado tiempo.
Jax levantó su mano como si fuera a agarrarla, luego se detuvo. —Tiempo es lo que hacemos aquí, —dijo—. Tu dormitorio puede ser invierno o primavera, todo de acuerdo a tu deseo.
—Tengo que irme, —dijo ella, mirando hacia arriba—. Pero volveré. Yo estoy siempre e incambiable. Y si tocas tu flauta para mí, te visitaré de nuevo.
—Yo te he dado tres cosas, —dijo Jax—. Una canción, una casa y mi corazón. Si te tienes que ir, ¿no me darás tres cosas a cambio?
Ella se echó a reír, llevando las manos a sus costados. Estaba desnuda como la luna. — ¿Qué tengo yo que pueda dejarte? Pero si está en mí el concedértelo, pídemelo y yo te lo daré.
Jax tenía la boca seca. —En primer lugar, te pediría el roce de tu mano.
—Una mano roza la otra, y concedo tu petición. —Ella se acercó a él, su mano era suave y firme. Al principio, parecía algo fría, después maravillosamente cálida. A Jax le corrió la piel de gallina por sus brazos.
—En segundo lugar, te ruego un beso, —dijo.
—Una boca prueba la otra y concedo tu petición. —Ella se inclinó para acercarse a él. Su aliento era dulce, sus labios firmes como frutas. El beso le quitó el aliento a Jax y por primera vez en su vida, su boca se torció en el comienzo de una sonrisa.
— ¿Y cuál es la tercera cosa? —preguntó la luna. Sus ojos eran oscuros y sabios, su sonrisa era plena y maliciosa.
“Tu nombre, —sopló Jax—. Para que pueda llamarte por él.
—Un cuerpo… —la luna comenzó a decir, dando un paso hacia delante con entusiasmo. —Luego hizo una pausa—. ¿Sólo mi nombre? —preguntó, deslizando su mano alrededor de la cintura de Jax.
Jax asintió.
Ella se inclinó para acercarse y habló cálidamente contra su oído, —Ludis.
Jax sacó la caja de hierro negro, cerrando la tapa y atrapando su nombre en el interior.
—Ahora tengo tu nombre, —dijo con firmeza—. Así que tengo dominio sobre ti. Y digo que debes quedarte siempre conmigo, para que yo pueda ser feliz.
Y así fue. La caja ya no estaba fría en su mano. Estaba cálida y dentro Jax pudo sentir el nombre de ella, revoloteando como una polilla contra el cristal de una ventana.
Tal vez Jax había sido demasiado lento cerrando la caja. Tal vez se enredó con el cierre. O tal vez simplemente tenía mala suerte para todo. Pero al final sólo logró atrapar un pedazo del nombre de la luna y no este entero.
Así que Jax pudo quedársela por un rato, pero ella siempre se escabullía de él. Fuera de su rota mansión y de vuelta a nuestro mundo. Pero todavía, Jax tiene un pedazo de su nombre, y por eso ella siempre debe regresar.

Historia de Patrick Rothfuss en “El miedo de un hombre sabio”

***Lanre y LyrA***

Posted in literatura with tags , , , , on octubre 30, 2011 by Emmanuel

Historia de lanre y lyra de el nombre del viento

Hace muchos años, a muchos kilómetros de aquí, existía Myr Tariniel.
La ciudad reluciente. Se erguía entre las altas montañas del
mundo como una piedra preciosa en la corona de un rey.
Imaginaos una ciudad tan grande como esta. Pero en cada
esquina de cada calle había una fuente, o un árbol, o una estatua tan
hermosa que incluso un hombre orgulloso lloraba al verla. Los
edificios eran altos y elegantes, excavados en la montaña, excavados
en una piedra blanca y reluciente que conservaba la luz del sol hasta
más allá del anochecer.
Selitos gobernaba en Myr Tariniel. Con solo mirar una cosa,
Selitos veía su nombre oculto y lo entendía. En aquellos tiempos,
había mucha gente que podía hacer eso, pero Selitos era el nomi-nador
más poderoso de cuantos vivían en aquella época.
Selitos era amado por la gente a la que protegía. Sus juicios eran
estrictos y justos, y no había nadie que pudiera influir en él con
falsedades o engaños. El poder de su visión era tal que podía leer los
corazones de los hombres como si fueran libros de gruesas letras.
En aquellos tiempos se libraba una guerra terrible en un vasto
imperio. La guerra se llamaba Guerra de la Creación, y el imperio se
llamaba Ergen. Y pese a que el mundo jamás ha visto un imperio tan
magnífico ni una guerra tan terrible, ambos ya solo viven en las
historias. Hasta los libros de historia que los mencionaban como
rumores inciertos se han convertido en polvo.
La guerra duraba tanto que la gente apenas recordaba los tiempos
en que el humo de las ciudades incendiadas no ennegrecía el cielo.
Antaño había habido cientos de hermosas ciudades esparcidas por
todo el imperio. Ahora eran solo ruinas cubiertas de cadáveres. Había
peste y hambre por todas partes, y en algunos sitios era tal la
desesperación que las madres ya no lograban reunir suficiente
esperanza para ponerles nombres a sus hijos. Pero quedaban ocho
ciudades: Belén, Antus, Vaeret, Tinusa, Emlen y las ciudades gemelas
de Murilla y Murella. Por último estaba Myr Tariniel, la más grande
de todas y la única que no estaba marcada por largos siglos de guerra.
La protegían las montañas y unos valientes soldados. Pero la
verdadera causa de la paz de Myr Tariniel era Selitos. Utilizando el
poder de su visión, Selitos vigilaba los puertos de montaña que
conducían a su amada ciudad. Sus estancias estaban en las torres más
altas de la ciudad, para que pudiera divisar cualquier ataque mucho
antes de que llegara a convertirse en una amenaza.
Las otras siete ciudades, que no contaban con los poderes de
Selitos, se protegían de otras maneras. Depositaron su esperanza en
gruesos muros, en la piedra y en el acero. Depositaron su esperanza en
la fuerza de los brazos, en el valor y en la sangre. Depositaron su
esperanza en Lanre.
Lanre había luchado desde que podía levantar una espada, y para
cuando empezó a cambiarle la voz, peleaba como una docena de
hombres hechos y derechos. Se desposó con una mujer llamada Lyra,
por la que sentía un profundo amor, una intensa pasión.
Lyra era terrible y sabia, y tenía tanto poder como Lanre. Pues
mientras que Lanre tenía la fuerza de su brazo y el apoyo de hombres
leales, Lyra sabía los nombres de las cosas, y el poder de su voz podía
matar a un hombre o aplacar una tormenta.
Pasaban los años, y Lanre y Lyra combatían hombro con hombro.
Defendieron Belén de un ataque por sorpresa, salvando la ciudad de
un enemigo que la habría destruido. Reunían ejércitos y hacían
comprender a las ciudades la importancia de la lealtad. Durante largos
años rechazaron a los enemigos del imperio. La gente, que se había
dejado vencer por la desesperación, empezó a sentir que la esperanza
volvía a arder en su interior. La gente confiaba en alcanzar la paz, y
depositó esas débiles esperanzas en Lanre.
Entonces llegó la Nagra de Vessten Tor. Nagra significaba « batalla
» en el idioma de la época, y en Vessten Tor tuvo lugar la mayor y
más terrible batalla de esa terrible guerra. Los ejércitos lucharon sin
cesar durante tres días bajo el sol, y sin cesar durante tres noches a la
luz de la luna. Ningún bando consiguió derrotar al otro, y ambos se
resistían a retirarse.
Sobre la batalla en sí solo tengo una cosa que decir. En Vessten
Tor murieron más personas de las que viven hoy en día en el mundo.
Lanre siempre estaba donde la batalla era más cruenta, donde más
lo necesitaban. Nunca soltó la espada ni la enfundó en su vaina. Al
final, cubierto de sangre en medio de un campo sembrado de
cadáveres, Lanre se enfrentó, solo, a un terrible enemigo. Una bestia
enorme con escamas de hierro negro, cuyo aliento era una oscuridad
que sofocaba a los hombres. Lanre peleó con la bestia y la mató.
Lanre consiguió la victoria, pero la pagó con la vida.
Una vez terminada la batalla, y cuando el enemigo ya se había
retirado detrás de las puertas de piedra, los supervivientes encontraron
el cadáver de Lanre, frío e inerte, cerca de la bestia que había matado.
La noticia de la muerte de Lanre se extendió rápidamente, cubriendo
el campo de batalla con un manto de desesperación. Habían ganado la
batalla y habían cambiado el curso de la guerra, pero todos sentían un
frío intenso en su interior. La pequeña llama de esperanza que todos
habían cultivado empezó a parpadear y a apagarse. Habían depositado
todas sus esperanzas en Lanre, y Lanre estaba muerto.
En medio del silencio, Lyra se quedó de pie junto al cadáver de
Lanre y pronunció su nombre. Su voz era un precepto. Su voz era de
acero y de piedra. Su voz le ordenaba que volviera a vivir. Pero Lanre
yacía inmóvil y muerto.
Con temor, Lyra se arrodilló junto al cadáver de Lanre y susurró
su nombre. Su voz era una llamada. Su voz era de amor y de deseo. Su
voz le pedía que volviera a vivir. Pero Lanre yacía frío y muerto.
Desesperada, Lyra se echó sobre el cadáver de Lanre y lloró su
nombre. Su voz era un susurro. Su voz era de eco y de vacío. Su voz
le suplicaba que volviera a vivir. Pero Lanre yacía sin aliento y
muerto.
Lanre estaba muerto. Lyra lloraba y le tocaba la cara con manos
temblorosas. Alrededor, los hombres giraron la cabeza, porque era
menos doloroso contemplar el campo ensangrentado que el dolor de
Lyra.
Pero Lanre oyó la llamada de Lyra. Lanre se volvió hacia el sonido
de su voz y fue hacia ella. Lanre regresó de detrás de las puertas
de la muerte. Pronunció el nombre de su esposa y abrazó a Lyra para
consolarla. Abrió los ojos e hizo cuanto pudo para enjugarle las
lágrimas con sus temblorosas manos. Y entonces respiró hondo y
volvió a la vida.
Los supervivientes de la batalla vieron moverse a Lanre y se
maravillaron. La débil esperanza de paz que cada uno de ellos había
alimentado durante tanto tiempo ardió con intensidad en su interior.
—¡Lanre y Lyra! —gritaban con voz atronadora—. ¡El amor de
nuestro señor es más fuerte que la muerte! ¡La voz de nuestra señora
lo ha devuelvo a la vida! ¡Juntos han derrotado a la muerte! Juntos,
¿cómo no van a conseguir la victoria?
La guerra continuó, pero ahora que Lanre y Lyra luchaban
hombro con hombro, el futuro parecía menos desalentador. Pronto
todos supieron la historia de cómo Lanre había muerto, y de cómo su
amor y el poder de Lyra lo habían devuelto a la vida. Por primera vez
la gente podía hablar abiertamente de paz sin que la consideraran
necia o loca.


Pasaron los años. Los enemigos del imperio estaban cada vez más
debilitados y más desesperados, y hasta los más cínicos se percataban
de que el fin de la guerra estaba próximo.
Entonces empezaron a circular rumores: Lyra estaba enferma.
Habían secuestrado a Lyra. Lyra había muerto. Lanre había huido del
imperio. Lanre había enloquecido. Algunos incluso decían que Lanre
se había suicidado y había ido a reunirse con su esposa en la tierra de
los muertos. Había historias en abundancia, pero nadie sabía la
verdad.
En medio de todos esos rumores, Lanre llegó a Myr Tariniel.
Llegó solo, con su espada de plata y su cota de malla negra de hierro.
La cota de malla se le adhería al cuerpo como una segunda piel de
sombra. La había forjado con el armazón de la bestia que había
matado en Vessten Tor.
Lanre pidió a Selitos que lo acompañara fuera de la ciudad. Selitos
accedió, con la esperanza de que Lanre le revelara qué problema
tenía y dispuesto a ofrecerle todo el consuelo que puede ofrecer un
amigo. Solían darse consejos mutuamente, porque ambos eran señores
entre sus gentes.
Selitos había oído los rumores, y estaba preocupado. Temía por la
salud de Lyra, pero sobre todo temía por Lanre. Selitos era un hombre
sabio. Sabía que el sufrimiento puede afectar gravemente al corazón, y
que las pasiones conducen a hombres buenos al delirio.
Juntos recorrieron los senderos de las montañas; Lanre iba delante.
Llegaron a una cima desde donde se contemplaba una vasta
extensión de tierras. Las orgullosas torres de Myr Tariniel brillaban a
la luz del ocaso.
Tras un largo silencio, Selitos dijo:
—He oído terribles rumores sobre tu esposa.
Lanre no dijo nada, y Selitos dedujo que Lyra había muerto.
Tras otra larga pausa, Selitos volvió a intentarlo:
—Aunque no sé qué ha pasado, Myr Tariniel está contigo, y te
prestaré toda la ayuda que se puede prestar a un amigo.
—Ya me has dado suficiente, viejo amigo —replicó Lanre, y le
puso una mano en el hombro a Selitos—. Silanxi, te vinculo; por el
nombre de la piedra, que permanezcas inmóvil. Aeruh, le ordeno al
aire que pese sobre tu lengua. Selitos, te nombro; que te abandonen
todos tus poderes salvo el de la visión.
En todo el mundo solo había tres personas que supieran de
nombres tanto como Selitos: Aleph, Iax y Lyra. Lanre no tenía don
para los nombres; su poder residía en la fuerza de su brazo. Su intento
de vincular a Selitos mediante su nombre era tan inútil como el de un
niño de atacar a un soldado con una vara de sauce.
Sin embargo, el poder de Lanre descendió sobre él como una
pesada carga, como un torno de hierro, y Selitos comprobó que no
podía moverse ni hablar. Se quedó allí de pie, quieto como una
estatua, sin poder hacer otra cosa que maravillarse: ¿cómo había
conseguido Lanre ese poder?
Confundido y desesperado, Selitos vio que la noche descendía
sobre las montañas. Horrorizado, vio que parte de esa oscuridad que lo
invadía todo era, de hecho, un gran ejército que se acercaba a Myr
Tariniel. Y lo peor era que no sonaban las campanas de alerta. Selitos
solo podía contemplar cómo el ejército se acercaba más y más sin que
nadie lo advirtiera.
El enemigo masacró e incendió Myr Tariniel; cuanto menos
hablemos de lo que sucedió, mejor. Las blancas murallas quedaron
calcinadas y de las fuentes brotaba sangre. Durante una noche y un
día, Selitos permaneció allí de pie, impotente, junto a Lanre, sin poder
hacer otra cosa que mirar y escuchar los gritos de los moribundos, el
resonar del hierro, los crujidos de la piedra al romperse.
A la mañana siguiente, cuando la luz del amanecer iluminó las
torres ennegrecidas de la ciudad, Selitos comprobó que ya podía
moverse. Se volvió hacia Lanre, y esa vez la visión no le falló. Vio en
Lanre una gran oscuridad y un espíritu atormentado. Pero Selitos
todavía notaba las cadenas del sortilegio que lo inmovilizaba.
Lidiando con la rabia y el desconcierto, dijo:
—¿Qué has hecho, Lanre?
Lanre siguió contemplando las ruinas de Myr Tariniel. Estaba
encorvado, como si llevara un gran peso sobre los hombros. Con voz
cansina, dijo:
—¿Se me consideraba un buen hombre, Selitos?
—Eras de los mejores. Te considerábamos impecable.
—Y sin embargo, mira lo que he hecho.
Selitos no podía mirar su ciudad en ruinas.
—Sí, mira lo que has hecho —concedió—. ¿Por qué?
Lanre hizo una pausa.
—Mi esposa ha muerto —dijo—. He sido víctima del engaño y de
la traición, pero soy el único responsable de su muerte. —Tragó saliva
y giró la cabeza para contemplar el paisaje.
Selitos lo imitó. Desde el mirador donde se encontraban, divisó
unas columnas de humo negro. Selitos comprendió, con certeza y
horror, que Myr Tariniel no era la única ciudad que había quedado
destruida. Los aliados de Lanre habían devastado los últimos bastiones
del imperio.
Lanre se volvió.
—Y eso que era de los mejores. —Era terrible contemplar el
rostro de Lanre; el dolor y la desesperación habían hecho estragos en
él—. ¡Yo, un hombre al que todos consideraban sabio y bueno, soy el
responsable de todo esto! —Agitó los brazos—. Imagínate las
infamias que un hombre de menos valía que yo puede ocultar en su
corazón. —Lanre contempló Myr Tariniel, y lo invadió una especie de
paz—. Para ellos, al menos, todo ha terminado. Ahora ya están a
salvo. A salvo de las innumerables desgracias de la vida diaria. A
salvo de los dolores de un destino injusto.
Selitos dijo en voz baja:
—A salvo del goce y de la maravilla…
—¡No existe el goce! —gritó Lanre con una voz espantosa. El
sonido de su voz rompió las piedras y rebotó hacia ellos con un eco
cortante—. Cualquier goce que surja aquí lo asfixian rápidamente las
malas hierbas. Yo no soy un monstruo que destruye por puro placer.
Si siembro sal es porque tengo que elegir entre las malas hierbas o
nada. —Selitos solo veía vacío detrás de sus ojos.
Selitos se agachó para coger del suelo una piedra con un canto
puntiagudo.
—¿Pretendes matarme con una piedra? —Lanre soltó una risotada
—. Quería que lo entendieras, que supieras que no era la locura lo que
me obligaba a hacer estas cosas.
—Tú no estás loco —admitió Selitos—. No veo locura en ti.
—Confiaba en que quizá quisieras unirte a mí en lo que me
propongo hacer. —Lanre habló con un desesperado anhelo en la voz
—. Este mundo es como un amigo con una herida mortal. Una pócima
amarga administrada con prisas solo consigue aliviar el dolor.
—¿Destruir el mundo? —murmuró Selitos—. Tú no estás loco,
Lanre. Lo que se ha apoderado de ti es algo peor que la locura. Yo no
puedo curarte. —Tocó la afilada punta de la piedra que tenía en la
mano.
—¿Quieres matarme para curarme, viejo amigo? —Lanre volvió a
reír; era una risa terrible y salvaje. Entonces miró a Selitos, y una
repentina esperanza se reflejó en sus vacíos ojos—. ¿Puedes hacerlo?
—preguntó—. ¿Puedes matarme, viejo amigo?
Selitos miró a su amigo a los ojos. Vio que Lanre, casi loco de
dolor, había buscado el poder para devolver a Lyra a la vida. Por amor
a Lyra, Lanre había buscado el conocimiento donde es mejor dejar el
conocimiento en paz, y lo había obtenido pagando un precio terrible.
Sin embargo, incluso con ese poder que tanto le había costado
obtener, no había podido devolverle la vida a Lyra. Sin ella, para
Lanre la vida no era más que una carga, y el poder que había adquirido
era como un puñal caliente en su pensamiento. Para huir de la
desesperación y de la agonía, Lanre se había suicidado. Había
recurrido al último refugio de los hombres: había intentado escapar
por las puertas de la muerte.
Pero así como el amor de Lyra lo había rescatado a él de detrás de
la última puerta, esa vez el poder de Lanre lo había obligado a regresar
del dulce estado de inconsciencia. Su recién adquirido poder lo hizo
volver a su cuerpo, obligándolo a vivir.


Selitos miró a Lanre y lo comprendió todo. Ante el poder de su
visión, esas revelaciones colgaban en el aire, como oscuros tapices,
alrededor de la temblorosa figura de Lanre.
—Puedo matarte —dijo Selitos, y apartó la vista del rostro de
Lanre, que reflejaba una repentina esperanza—. Estarías muerto una
hora, o un día. Pero regresarías, atraído como el hierro a una piedra
imán. Tu nombre arde con el poder que tienes dentro. No puedo
extinguir ese fuego, como tampoco podría lanzar una piedra que
alcanzara la luna.
Lanre encorvó los hombros.
—Abrigaba esperanzas —se limitó a decir—. Pero sabía la verdad.
Ya no soy el Lanre que tú conocías. Mi nombre es nuevo y terrible.
Soy Haliax, y ninguna puerta puede cerrarme el paso. Lo he
perdido todo: no tengo a Lyra, no tengo el dulce consuelo del sueño,
no puedo olvidar, y hasta la locura está fuera de mi alcance. La muerte
es una puerta abierta a mi poder. No tengo forma de huir. Solo tengo
la esperanza del olvido después de que todo haya desaparecido y de
que el Aleu se desprenda, innombrable, del cielo. —Y después de
decir eso, Lanre se tapó la cara con ambas manos, y unos silenciosos y
bruscos sollozos sacudieron su cuerpo.
Selitos contempló las tierras que se extendían a sus pies y sintió
una débil chispa de esperanza. Seis columnas de humo se alzaban en
la lejanía. Myr Tariniel había sido borrada y seis ciudades, arrasadas.
Pero eso significaba que no todo estaba perdido. Aún quedaba una
ciudad…
A pesar de todo lo que había ocurrido, Selitos miró a Lanre con
compasión, y cuando habló, su voz denotaba tristeza.
—Entonces, ¿no queda nada? ¿Ni una pizca de esperanza? —Le
puso una mano en el brazo a Lanre—. En la vida hay cosas buenas.
Incluso después de todo esto, yo te ayudaré a buscarlas. Si quieres
intentarlo.
—No —dijo Lanre. Se irguió cuan largo era, y detrás de las
arrugas de sufrimiento, su gesto era majestuoso—. No hay nada
bueno. Sembraré sal, para que no crezcan las malas hierbas.
—Lo siento —dijo Selitos, y se irguió también.
Entonces Selitos habló con una voz potente:
—Mi visión nunca se había nublado como ahora. No supe ver la
verdad que había dentro de tu corazón.
Selitos respiró hondo y continuó:
—Mis ojos me engañaron. Que nunca vuelva… —Levantó la
piedra y se clavó el canto puntiagudo en un ojo. Su grito resonó entre
las rocas, y Selitos cayó de rodillas, jadeando—. Que nunca vuelva a
estar tan ciego.
Se produjo un terrible silencio, y las cadenas del sortilegio soltaron
a Selitos. Lanzó la piedra a los pies de Lanre y dijo:
—Por el poder de mi propia sangre te vinculo. Que tu propio
nombre te maldiga.
Selitos pronunció el largo nombre que había visto en el corazón
de Lanre, y el sol se oscureció y el viento arrancó las piedras de la
montaña.
Entonces Selitos dijo:
—Caiga sobre ti mi maldición. Que tu rostro siempre esté en
sombras, negro como las torres caídas de mi amada Myr Tariniel.
»Caiga sobre ti mi maldición. Que tu propio nombre se vuelva en
tu contra, y que nunca encuentres la paz.
»Caiga sobre ti y sobre todos los que te sigan mi maldición. Que
dure hasta el fin del mundo y hasta que el Aleu se desprenda,
innombrable, del cielo.
Selitos vio cómo una masa oscura rodeaba a Lanre. Al poco rato,
dejaron de distinguirse sus hermosas facciones; solo se percibía una
vaga impresión de la nariz, la boca y los ojos. Todo lo demás era una
negra sombra.
Entonces Selitos se levantó y dijo:
—Me has vencido una vez mediante la astucia, pero eso no volverá
a suceder. Ahora veo con más claridad que antes, y soy dueño de
mi poder. No puedo matarte, pero puedo echarte de aquí. ¡Vete! Tu
imagen es aún más repugnante porque sé que antes eras justo.
Ya mientras las pronunciaba, esas palabras tenían un sabor
amargo. Lanre, con la cara en sombras, más oscura que una noche sin
estrellas, salió despedido como el humo impulsado por el viento.
Entonces Selitos agachó la cabeza y derramó ardientes lágrimas
de sangre sobre la tierra